Pehuén - El árbol sagrado de los mapuches

por Eduardo Haene

El pehuén es uno de los árboles nativos de mayor relevancia en el paisaje patagónico. Habita el oeste de Neuquen, en la Argentina, y una extensión mayor en el sector contiguo de Chile, además de dos núcleos poblacionales aislados más cerca del Pacífico. Con una altura que puede alcanzar los 40 metros, su copa con ramas largas hacia los laterales es inconfundible: cubre todo el tronco en los ejemplares medianos y sólo el tercio superior en los individuos mayores, a modo de una sombrilla gigante.
Pero es su relación histórica con la cultura humana lo que marca una diferencia notable. El nombre de ambas partes tienen una raíz en común: Arauco, la región del sur de Chile. Así, se han denominado araucanos a una etnia propia de esta zona, que en tiempos de la colonia extendió sus dominios hasta la llanura pampeana de la Argentina. Por otro lado, el abate Molina, religioso de gran producción científica durante la conquista española, bautizó “Araucaria” al género donde ubicó al pino silvestre de Arauco o pehuén.
A tal punto llegó esta unión que a los aborígenes que habitaron los bosques naturales de pehuenes del Neuquén y basaban su alimentación en este vegetal, se los conocía como “pehuenches”, esto es gente de las araucarias.
Según las evidencias actuales, los pehuenches habrían constituido un grupo afín a los huarpes de Cuyo. Sin embargo, todo indica que su cultura desapareció durante los primeros siglos de la conquista europea sobre América. La presión ejercida por los españoles desde el norte de Chile, decidió a los araucanos desplegarse hasta la pampa en busca de un recurso clave para enfrentarlos: los caballos. Pronto, las culturas que entraron en contacto con los araucanos utilizaron su idioma y, en distinto grado, su forma de vida.
Hoy en día, los aborígenes descendientes de los araucanos o de otros grupos araucanizados, se conocen globalmente por mapuches, tal como ellos prefieren denominarse: gente (“che”) de la tierra (“mapu”). Es así que los mapuches del oeste del Neuquén, la patria del pehuén en la Argentina, han mantenido viva la visión de esta especie como árbol sagrado, para lo cual cuentan con sobrados motivos.

Un árbol salvador
Una leyenda recogida en Chapelco por Cesar Fernández, quien en su obra “Cuentan los mapuches” realizó la mayor compilación actualizada de su literatura, se refiere al origen del uso del pehuén.
Antes, mucho antes de que el huinca (hombre blanco) viniera por estos lados, hubo un invierno muy frío, inicia su relato Guillermina Imiguala, la informante. Ya no había animales para cazar. Ante tal situación decidieron enviar a sus jóvenes guerreros en busca de otros alimentos. Al tiempo volvió uno trayendo “nguilliú”, los piñones o semillas de pehuén.
El muchacho contó que cuando estaba en la cordillera se encontró con un anciano que en cuanto se enteró lo que estaba pasando le preguntó por qué no se alimentaban de piñones, pues esa era la verdadera comida mapuche que “Nguenechén” (el Dios supremo) les había enviado. Le explicó todas las formas de aprovecharlo, luego desapareció entre la nieve.
Al volver, todos escucharon la novedad, y uno sentenció: ese era un mandado de Nguenechén.
Juntaron todos los piñones que encontraron y los comieron. Para agradecer a Dios el haberlos salvado, a partir de ese momento en cada “nguillatún”, la gran rogativa ceremonial de los mapuches, se usa un pehuén como altar central y se toma “chafi”, la bebida, una especie de cerveza, obtenida de la molienda de los piñones, según concluye Imiguala.

Fuente de vida
El cono femenino del pehuén es una gran piña de unos 20 cm de ancho que posee entre 100 y 200 semillas ovaladas de unos cuatro centímetros de largo cada una. Estas son muy nutritivas, con un 15 % de proteínas y 35 % de almidón (el compuesto de reserva básico de muchos de los cereales comestibles).
Al madurar, las semillas van cayendo paulatinamente. Cocidas tienen un sabor muy agradable, similar a la almendra.
En 1563 el cronista español Pedro Mariño de Lavera quedó sorprendido al observar el uso que hacían los aborígenes de los piñones. Halló una gran población que basaba su alimentación del pehuén, que les brindaba pan, vino (el chafi) y guisados.
Otro elemento clave para entender el valor del pehuén, es que sus semillas se pueden almacenar. Lo tradicional, tal como ya lo vio Mariño de Lavera, es conservarlas en silos bajo tierra, lo cual favorecía su fermentación que los torna más sabrosos. Otra forma de guardarlos era secándolos, para lo cual había que armar un collar con las semillas, y así podían durar dos o tres años en buen estado.
Es razonable, entonces, la gran admiración de los mapuches por este árbol. Pero también es lógico que se haya convertido en árbol sagrado, una forma eficiente que tenían muchas culturas para lograr un respeto comunitario por un recurso básico. El pehuén, que también posee una madera valiosa, era importante vivo, como árbol semillero.

El tiempo de las piñonadas
Hacia marzo comienza la maduración de las semillas del pehuén. Damasio Caitrú, una de las personalidades más carismáticas del pueblo mapuche, ha dejado una viva estampa del momento de la cosecha de piñones. Cesar Fernández publica el relato autobiográfico de Caitrú obtenido de un documental de Jorge Prelorán de 1966.
Gracias a Dios que hay piñones acá, con piñones nos sostenemos, comienza el mapuche la descripción de la cosecha de sus semillas o piñoneada. Para bajarlos del árbol se empleaba un lazo que utilizado con gran destreza permite la caída de los piñones. Mientras, las señoras y las chicas meta juntarlos; este momento es muy bonito, afirma Damasio.
Las comidas producidas con las semillas son variadas. Por ejemplo el “chicoco”, a partir de la semilla hervida y luego desecada; otras modalidades son el piñón tostado, o al rescoldo, y la bebida obtenida de semillas cocidas, trituradas y luego fermentadas en su propio jugo.

El destino del pehuén mapu
Durante el siglo XX la tierra de la araucaria del sur (“pehuén mapu”) vivió severos cambios que pondrían en jaque la supervivencia de la especie, y por ende de la cultura desarrollada en su entorno.
La colonización de la Patagonia significó el inicio de una extracción masiva de sus masas forestales. El ingeniero forestal Max Rothkugel viaja a Neuquén durante el verano de 1914-1915 y deja en claro las devastaciones producidas por los fuegos. El 26% de las 558.000 hectáreas de bosques neuquinos habían sufrido incendios recientes. El pehuén ocupaba en aquella época unas 80.000 hectáreas, la mitad dentro de propiedades privadas, y las quemazones tenían aquí un origen adicional: las fogatas mal apagadas para tostar los piñones. El aprovechamiento de la madera de este árbol silvestre era apenas incipiente por carecer de buenos medios de transporte hacia las fabricas de papel, su principal destino comercial.
Tres décadas después la situación parecía haber empeorado. Lucas Tortorelli, gran estudioso de los árboles nativos, realiza un viaje de estudio a los montes de pehuenes del país y expone sus resultados en una conferencia de la Sociedad Científica Argentina en junio de 1941. El título de la disertación lo dice todo: “Importancia económica de la explotación racional de nuestros bosques”. Analiza las ventajas productivas de este recurso nativo valioso, pero encuentra muchos motivos de preocupación. Los pobladores no sólo cosechan los piñones para su consumo familiar sino también para venderlos en grandes cantidades en Chile y Zapala.
Además, lo que escapa de la colecta humana es recogido con avidez por el ganado: vacas, cerdos y cabras. Durante marzo y abril, apunta Tortorelli, fácil se hace entonces la identificación de los ejemplares femeninos de pehuenes aún a la distancia, por los grupos de animales, que bajo sus copas, esperan como un maná del cielo la caída de los piñones.
Quemazones, tala y recolección descontrolada de semillas, todo parecía conducir a la reducción de los pehuenales silvestres y la degradación de los núcleos remanentes.

Una cultura vulnerable
Como contrapartida, sobre la cordillera patagónica argentina se crearon un rosario de parques nacionales, incluyendo Lanín que resguarda a los bosques de pehuén desde 1937. La provincia del Neuquén, por su parte, también formó reservas donde está presente la especie: Copahue-Caviahue, Buta-Mahuida y Chañy.
Si bien en las áreas protegidas se ha frenado la deforestación, los pobladores siguen cosechando los piñones. Tal como lo había advertido Tortorelli hace más de medio siglo, la regeneración natural de estos bosques se podría ver comprometida.
La vulnerabilidad de los bosques de pehuenes trae aparejado inexorablemente una fuerte incertidumbre sobre su cultura asociada. ¿Podremos compatibilizar la protección de estos bosques y el manteniendo del uso tradicional de sus semillas?
Como respuesta a este desafío podemos observar dos planteos complementarios.
Por un lado, dentro del Parque Nacional Lanín se está realizando desde hace más de diez años un trabajo de asistencia técnica a las comunidades mapuches del área. La idea es mejorar su calidad de vida y el estado de los recursos naturales utilizados (pasturas y bosques). Con la ayuda del INTA y organizaciones no gubernamentales como ProPatagonia, se están desarrollando con éxito mejoras en el manejo del ganado y la constitución de viveros con plantas nativas.
En el ámbito provincial, por su parte, la Dirección General de Desarrollo Forestal del Neuquén ha reglamentado la colecta de semillas de pehuén. Fija una temporada anual para la cosecha, en el 2000 fue desde el 20 de febrero al 25 de mayo, no se permite el uso de lazos y sólo debe recogerse los piñones caídos. Además, debe obtenerse previamente un permiso o guía para efectuar esta tarea, para lo cual hay que abonar un importe ya estipulado. En el presente año, los mapuches fueron autorizados a juntar hasta 100 kilos de semillas por familia sin necesidad de pagar el canon correspondiente.

Un símbolo del Neuquén
Resulta sumamente interesante comprobar como la cultura oficial ha rescatado, dentro de sus formas, la figura sagrada del pehuén. Pues si bien en Neuquén apenas ocupaba un 1% de su superficie, constituye en la actualidad el elemento central, junto al volcán Lanín, del escudo y la bandera de la provincia. Su himno alude a la especie como “el árbol esperanza, maná cordillerana, que madura en nguillón, el fruto más feliz”. Además, desde hace más de diez años se realizan la Fiesta del Pehuén y la Fiesta del Piñón, en dos localidades neuquinas: Aluminé y Caviahue, respectivamente.
De esta manera, un árbol de estampa inconfundible en el paisaje silvestre de la Patagonia, alcanza una renovada valoración cultural. Ha permanecido como símbolo viviente de los pueblos que nacieron en su territorio. Ese lugar donde si no hubiera piñones no habría nada de vida, según Damasio Caitrú.